Pese a sus numerosos errores, que los ha tenido y los seguirá teniendo, la política española no puede permitirse perder el bastión de la izquierda. Porque fue a través de ella que España se modernizó, que comenzamos a disfrutar tras cuarenta años de dictadura de una serie de derechos tan básicos hoy como el de la manifestación, el divorcio, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o los llamados derechos laborales. Utilizados muchos de ellos por la mayoría de la sociedad independientemente de su ideología.
La llegada de Pablo Iglesias al panorama político supuso un soplo de aire nuevo ante una clase política con sobredosis de corrupción. En el llamado bipartidismo los casos se contaban a montones y las decepciones por parte de sus votantes ni les cuento. Por eso la llegada de un nuevo partido político llenó de ilusión a una parte de la sociedad. Un partido además nacido de la calle, del espíritu del 15 M que tanto impacto había causado en su día. Podemos nació para cambiar en la política aquello que debía ser cambiado. Había tantas cosas que hacer que no supieron por donde empezar… Aún así no todo ha sido malo: a Iglesias le debemos la subida del salario mínimo interprofesional que llevaba años sin tocarse, el difícil debate del límite de los alquileres a los que hay que poner una solución o la visibilización de aspectos de la sociedad hasta ahora desconocidos.
Sin embargo el paso del tiempo fue despojando al partido Iglesias de ese soplo de aire fresco del que les hablaba al principio para estancarlo en un correctismo político que cada día se hace más insoportable. El hombre que convencía en el discurso por su excelente oratoria no lo hacía luego en el campo de juego ridiculizando causas tan justas y necesarias como el feminismo o la educación y dando alas a la derecha y ultraderecha para atacarlo. ¿Era el único político en mentir a sus votantes? Claro que no, pero veníamos de la decepción del bipartidismo e Iglesias se había convertido en la esperanza de un trozo de este país que esperaba mucho más de él. Su estrategia, si es que lo es, ha sido casi perfecta: sacrificar su puesto en la Vicepresidencia para salvar de la ultraderecha a la Comunidad de Madrid. Pero lo cierto es que ha dimitido como lo hizo Rivera. Fue rozar con sus dedos el poder y perder su esencia.
Es cierto que Iglesias ha sido el blanco de un imperdonable y terrible acoso mediático nunca visto por parte de sus propios contrincantes políticos y medios de comunicación. Pero también es cierto que ha sido fruto de un tumulto de declaraciones y actitudes suyas muy reprochables. Con el paso del tiempo Iglesias fue aburguesándose ante la perplejidad de sus votantes que fueron dejando de creer en sus perfectos discursos con los que independientemente de la ideología, tenías que estar de acuerdo. ¿Era el único político con chalet? Claro que no pero sí el único que criticó tenerlo. Iglesias ha sido víctima de su propia demagogia, de sus abruptas formas y ha caído en los errores que tanto criticó en sus adversarios.
Pero no se engañen, con las distancias que les separan, esto mismo le pasa a la ultraderecha. Si a Iglesias le costaba pronunciar el nombre de España, Abascal lo utiliza obsesivamente como único argumento. Si los de morado utilizaban la polémica como método para llamar la atención, los de verde echan mano incluso de bulos si hace falta para atacar al contrincante y si unos utilizan la bandera de la República como reclamo, los otros han llegado a ver entre sus manifestaciones a las franquistas… La prueba más irrefutable son las declaraciones que el líder de VOX hacía anoche mismo: «Es un excelente resultado para España, es la derrota sin paliativos del frente popular». Hablan así… como si estuviésemos en el 36. Sin embargo no esperen a que los españoles reaccionen antes contra la ultraderecha tras la decepción con Podemos. Tendrán que vérselos encima para darse cuenta de lo peligroso de su discurso.
@ManoloDevesa