¡Cuidado, una gaviota!

Que el tema de las palomas en Cádiz se ha ido de las manos al igual que comienza a ocurrir con lo de los perros es algo que aunque pocos se atrevan a decirlo públicamente, es un secreto a voces. En el caso de los canes, mientras los dueños los cuiden, saquen atados y recojan sus orines y heces en las calles, la cosa está controlada. Pero ¿quién controla a las palomas? Ya sea caminando por la ciudad o sentado en alguna plazoleta o terraza, cada día es más incómodo y habitual tener que ir esquivándolas para no chocarte con ellas. Las palomas campan a sus anchas haciéndose dueñas de edificios y destrozándolos a base de sus incontroladas deposiciones. Por si esto fuera poco hay personas dedicadas a darles de comer en calles y plazas de manera fija lo que provoca un efecto llamada a veces muy molesto.

Sin embargo y a falta de que la administración a la que le corresponda las controle, las palomas comienzan a estar muy vigiladas por otro animalito que ha venido aumentando su presencia en la capital gaditana por si no tuviésemos poco. Las gaviotas pueblan cada vez más la ciudad con un carácter que en ocasiones roza lo agresivo. Pregunten si no a los empleados del Castillo de Santa Catalina de los que hace unos días conocíamos el infierno por el que pasan por los ataques que sufren ellos y los propios visitantes.

Las gaviotas andan desesperadas por pillar un trozo de lo que sea. No es la primera vez que se han visto abriendo bolsas de basura en la playa para hacerse con cualquier desperdicio. En la playa también hace unos días fui testigo de cómo una chica se quedaba sin bocadillo al dejarlo sobre su toalla unos segundos para ir tras el envoltorio que se lo había llevado el viento. A la vuelta la gaviota devoraba su bocadillo ante la impotencia de la chiquilla. Un día después observábamos cómo otra gaviota vigilaba atentamente un paquete de patatas colocado sobre una toalla acercándose cada vez más ante la mirada sorprendida del chico.

Sus ansias por comer le llevan a protagonizar escenas realmente desagradables: «No es la primera vez que las he visto comerse una paloma por la mañana y otra por la tarde» dice un vecino de un comercio del barrio de San Severiano. «Las atrapan y las ahogan en una fuente pública. Cuando la han matado, se la comen» dice poniéndome los vellos de punta. Sí, ya sé que es común en muchos animales esta clase de supervivencia pero no deja de dañar mi sensibilidad. Llámenme blando si quieren. El otro día sin ir más lejos había un festival de sangre en plena plaza de San Francisco con una gaviota que decidía merendarse una paloma.

Sería pertinente comenzar a tomar medidas para controlar la población de palomas y gaviotas. De continuar así llegará el día en que será imposible caminar, dar un paseo o tomarte algo al aire libre sin tener que luchar constantemente para que ninguna paloma o gaviota se pose sobre la misma mesa y se lleve lo que más se le antoje.

@ManoloDevesa

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