Llevo un tiempo observando como ante mí ocurren auténticas carajotadas que cada día superan a la anterior. Carajotadas que es como aquí en Cádiz denominamos a las «gilipolladas» de toda la vida. Desde que me enteré que hoy día en los colegios aconsejan no corregir los exámenes con color rojo porque puede «traumatizar» al alumno, las carajotadas han ido sucediéndose a una velocidad de vértigo una tras otra. Hace unas semanas el British Museum y otros centros británicos aconsejaban llamar “restos momificados” en vez de momias para dignificar a los embalsamados del Antiguo Egipto. Algo que los propios egiptólogos han considerado algo innecesario. Es el buenismo extremo que nos coarta cada vez más esa libertad que tanto costó obtener. Aquí en España hay unos cuantos ejemplos que me dejan loco. En la prensa local aparecía hace poco que el Ayuntamiento de Cádiz quería este año «una Bruja Piti alejada de los estereotipos«. Es decir, «sin nariz verrugosa» o «con apariencia de mujer avejentada y fea«. Una carajota de dimensiones estratosféricas porque díganme ¿qué repercusión puede tener la apariencia de una bruja que todos sabemos que forma parte de la ficción y de un simbolismo? El siguiente paso será no quemarla porque eso puede significar que queremos que se quemen personas.
La carajotadas no terminan aquí. Hace un mes o así escuchaba por la radio la noticia de que los jóvenes consideran la llamada de teléfono una «invasión» y metido ya en las redes sociales pude comprobar como no pocas personas defendían esa teoría diciendo que por qué tienen que aguantar una llamada cuando a lo mejor no les apetece hablar o directamente no pueden. Que para eso están los audios del Whatsapp. ¡Madre del amor hermoso! La pamplina está a la altura de los que se niegan a llamar a los perros, perros y los llaman «peludos». ¿Qué hacemos con esa gente?
Aunque esta semana la carajotada de oro se la puede llevar perfectamente la madre influencer que dice sentirse «devastada y con ganas de llorar» porque su hija vegana tiene que disfrazarse de pescadora y eso atenta contra sus principios morales y éticos, claro. O sea que si estos carnavales se cruza con alguien vestido de Freddy Krueger, tenga cuidado porque puede estar ante un auténtico asesino en serie. Es preocupante que ese extremo buenismo acabe con esa libertad por la que tantas personas se dejaron incluso la vida para que nosotros la disfrutáramos. Porque atañe a todo: columnas de opinión, libros, películas o declaraciones en la que no se dice o se cuenta lo que realmente queremos por temor a las consecuencias que eso pueda acarrear. Y eso desde luego ya no es ninguna carajotada.
@ManoloDevesa