La puntilla que puede hundir a la Viña

El barrio de la Viña anda revuelto. Es lógico. La aplicación de la nueva ordenanza de terrazas en la calle de la Palma obligará a los once bares y restaurantes de la popular calle a quedarse con dos tercios menos de las mesas que actualmente ponen. Todo un drama que supondrá en muchos casos el cierre de los mismos al dejar de ser rentables. Y evidentemente ese cierre se traducirá hasta en, según dicen, un centenar de despidos. La puntilla a un barrio que ha visto como la única salida que tenía también se le cierra. A la espera de que el alcalde se reúna con los dueños de dichos bares, todo hace indicar que la decisión es definitiva. Mientras el encuentro se produce, los diferentes grupos de la oposición ya lo han hecho: el primero Juancho Ortiz del PP y luego el concejal del PSOE Óscar Torres.

Desde luego que el talante del concejal delegado de Urbanismo y Movilidad, Martín Vila, hace tiempo que está en jaque por las numerosas polémicas que le persiguen. En el tema de las terrazas desde luego no es la primera, y me temo que tampoco la última. La calle de La Palma es uno de los destinos obligados no solo de los muchos visitantes que casa año se acercan sino de los propios gaditanos. Un lugar de indudable embrujo que especialmente los fines de semana y durante el verano se encuentra con la fidelidad y el cariño de aquellos que los visitamos.

Este tipo de polémicas siempre me hacen viajar a los lugares que visité y cuyo encanto siempre lo quise para mi ciudad. Una cenita en plena terraza del Trastévere en Roma bajo la magia de las lucecitas que ambientan el barrio, una Torta del Casar con un buen vino en la plaza Mayor de Cáceres en pleno casco antiguo rodeado de esa maravilla de calles estrechitas e históricos monumentos o una tarde de copas bajo el acueducto de Segovia. Plazas repletas de terrazas y vida que no les han robado ni mucho menos su encanto.

En Cádiz, el barrio de la Viña nos regala un escenario tan peculiar como La Palma donde se condensa la esencia del gaditano. Donde a uno se le pueden caer dos lagrimones degustando un choco a la plancha, una caballa con piriñaca o un tinto de verano empapándose del Cádiz más castizo frente a una iglesia sobre la que cuentan que una virgen paró un terrible maremoto, con una playa que uno puede oler mientras degusta una tapita de pulpo o una ración de almejas a la marinera y donde seas de donde seas, sus vecinos te tratan como si fueses un viñero más. Ese ambiente que tanto se disfruta cuando uno anda de vacaciones puede tener los días contados en nuestra propia ciudad. ¿Hasta eso nos van a quitar? Madre mía, que aquí no va a quedar ni el tato…

@ManoloDevesa

Deja un comentario