Ocho de la mañana. En la calle Sorolla, cerca del Estadio Ramón de Carranza, una larga cola de personas aguardan su sitio pacientemente. No se trata de ningún concierto, el COAC no ha puesto a la venta ninguna entrada anticipada del concurso del año que viene y no se regala ningún ridículo obsequio. Algunas de las personas que forman la cola han pasado allí la noche y no por ningún festivo motivo. Su intención es hacerse con algunas de las plazas que la Escuela Oficial de Idiomas aún tiene y que se otorgan por orden de llegada. Francés, inglés, alemán e italiano.
Sin embargo todo esto se silencia. No conviene tirar por tierra la imagen que de nosotros han construido por los cuatro o cinco flojos, que dicho sea de paso, hay en todas las ciudades. Esos que, puestos a elegir entre trabajar o disfrutar del verano, escogen lo segundo porque no tienen más aspiración que ponerse negro como el tizón. Pero por lo visto en nuestra ciudad hay un especial interés en que esta figura persista por encima de las personas que no son así.
Por suerte o por desgracia, éste que les habla, se ha topado en numerosas ocasiones con esa otra realidad. La que se intenta esconder, no sé por qué narices. Aquella que permite darte cuenta que no todo en Cádiz se traduce a cachondeo. He visto colas para una simple entrevista de trabajo con cuyas condiciones ya daban ganas de salir pitando, salas de la biblioteca petadas de gente que estudian las duras oposiciones mañana, tarde y noche, colas para hacer algún que otro curso formativo, de esos que la Junta de Andalucía conoce tan bien. Largas ristras de gentes para inscribirse en alguna bolsa que con tropecientos mil puntos, mucho esfuerzo y algo de suerte, es posible que puedan llamarte para unos meses.
La imagen que ilustra el artículo de hoy ha sido compartida desde mi facebook de una manera brutal precisamente porque de cara a la gran galería no suele mostrarse. El motivo debe ser porque no entra dentro del estereotipo que han construido del gaditano. Con una foto así no se puede hacer uso de esa demagogia que envuelve cualquier opinión ahora y que ha terminado contagiando a los propios ciudadanos. De ese derrotismo sin remedio que tiene esta bendita ciudad.
Un estereotipo que en el fondo es una táctica para escurrir el bulto del eterno problema del desempleo. De ahí que hace unos meses tuviésemos que escuchar frases como las del empresario cordobés que decía que en Cádiz no se podía invertir porque la gente no trabajaba o las declaraciones del simpar Pepe Blas Fernández que, dentro de esa burbuja donde vive y en la que no se entera de na, nos daba a entender que el gaditano sólo pretende vivir de paguitas. Manda cojones, con la de personas que trabajan mañana y tarde por un mísero sueldo, con la de malabares que hacen algunos gaditanos para llegar a fin de mes trabajando hasta en tres sitios a la vez…
Sin embargo no se se haga ilusiones porque esta foto no va a callar ni muchísimo menos a los derrotistas de corazón. Ya se la aviarán para tirar por tierra a esa gente que además de divertirse en carnavales o recoger una muestra en cualquier perfumería, tienen la coherencia suficiente como para querer trabajar y avanzar en la vida.
@ManoloDevesa