Quietud, un anhelo buscado durante toda su vida y que ahora entre los hilos del destino, experimentaba con un cierto regusto amargo. Sergio siempre consideró que su vida estaba supeditada al murmullo incesante de los teclados de su ordenador, ahogado entre papeles y sin una ilusión por la que seguir después de su pasado; esa noche encontró un motivo por el que luchar. Aquel que en estos instantes transparentes y a la vez oscuros jugaba con su pobre respiración.
– ¿Por qué ahora? ¡Dejadme en paz! -gritaba sin ser oído-. ¿No soy digno de este papel que mi cordura me ha otorgado?
Como cada maldito lunes, la rutina comenzaba en aquel escaso rincón de su habitación, frente a mil y un pixeles o leds o lo que fuera que conformara aquella pantalla del demonio que no le dejaba ni a sol ni a sombra. La fama nunca estuvo a su lado y toda esperanza e ilusión por contar historias en breves estrofas se vio truncada y reflejada en sus “afamadas canciones” por las cual aborrecía su profesión. Mirarse al espejo y ver la vergüenza del fracaso emocional no era el consuelo de tantos éxitos mediocres. Su cara desfigurada marcaba su pasado, las quemaduras que dejaron el lado izquierdo de su rostro como un cráter en erupción, restaban el ávido atractivo que siempre le caracterizó con sus ojos achocolatados profundos, espalda ancha y hombros redondos y ese gesto torcido e inocente de su boca cuando captaba la belleza y que compaginaba a la perfección con el ondulado azabache de su media melena.
Un ciento de burdas caras bonitas contaban sus sueños a través de gargantas angelicales, que él odiaba como si fueran su peor enemigo, voces que abrasaran su alma con cada nota.
En un año lo pudo tener todo y solo el afán de conseguir más nubló su amor, aquel amor universitario que consiguió tras arduas esperas, detalles, regalos y un sin fin de melosas pruebas que consiguieron derrocar el corazón de su adorada Marisa, cuando un loco y afortunado drogadicto intentó robarle y violarle en uno de los pocos callejones sin estelas verdosas que adornaban el municipio de Santa de Bezana.
– ¡Deja a la chica maldito desgraciado! -gritó Sergio ¿Quieres dinero? Ven a por mí. Eran unos miseros instantes los que le separaban de todo y ahí y ahora recordaba con nitidez, el ataque frontal de aquel yonqui y su navaja y de como él, aún lleno de pavor, se enfrentó a la muerte a pecho descubierto. Como en cualquier novela no pasó lo esperado, pero a pesar de sufrir aquella casi mortal herida en su costado derecho, al menos le sirvió para que aquella hermosa muchacha no se separara de él el resto de su vida.
Aunque todo por desgracia tiene un final y el hombre no conoce los límites del amor. Torpe e inútil marioneta de sus deseos más profundos.
Su primera canción, su primera venta a una discográfica. Una mujer que apoyó su carrera sin condiciones a pesar de los fracasos y que por entonces guardaba en su vientre el fruto de sus noches de amantes, vio truncada su efímera felicidad por cuenta del pecado de la carne. Aquella fiesta improvisada por la compañía, colmó a ambas almas de dos destinos muy distintos.
Marisa estaba radiante, su embarazo denotaba la variedad más exquisita de la belleza, pero a la vez la transformación de su cuerpo no la dejaba disfrutar de los placeres con él. Las curvas de aquella pelirroja de labios turgentes y extensas piernas, clavaron un puñal en el alma de Marisa, mientras él solo podía gemir en aquel rincón de la habitación de invitados a horcajadas de aquel cabello de fuego y su piel lechosa como la luna.
– Eres demasiado bueno para ser verdad cariño, derrama tu deseo sobre mis nalgas – le susurraba la seductora mujer, mientras Sergio comía de sus pechos con ansia.
– Tu fuego aviva mis adentros, nunca pensé que esto existiera – gemía él sin control.
– Y mis ojos no pueden creer lo que ven – dijo casi en un susurro lastimero y lleno de pena sorpresivamente Marisa.
– ¡¡Amor mío!! -gritó el joven asustado.
– ¡¡No quiero volver a verte jamás maldito bastardo!! ¡¡Hoy será la ultima vez que me veas y nunca conocerás a tu hijo!!.
Aquellas palabras aún recogían cada gramo de oxigeno de sus entrañas y en esos momentos de quietud y a pesar de la calma que lo rodeaba sabía que el castigo era el idóneo.
Nunca pensó que sus palabras escondieran otra realidad distinta a la que con los años el pueblo y el resto del mundo, le repudió sin contar apenas con su terrorífico aspecto. Tras intentar torpemente quitar a la hermosa pelirroja de su entrepierna, corrió por las escaleras de aquella bonita y peculiar casa que compraron para un futuro que ya no existía. De ladrillo rojo, con esquinas recubiertas con piedra color marfil y ventanas semicirculares decoradas del mismo material que simulaban los ojos de un payaso, imponía en las noches de tormenta. Ahora deslumbraba por las luces de la fiesta, y las decenas de invitados que apenas conocía y que trataba de esquivar en busca de su mujer, parecían muñecos de trapo interpuestos en su camino. Los nervios y la pulida brillantez del suelo enlosado, le hicieron resbalar ante la atónita mirada de todos e incluso tiró a su agente Diego Márquez, un gordo sin escrúpulos que vendía a su madre si fuera necesario y que casi se traga el puro que fumaba en la caída.
– ¡¡Hombre chico, ten más cuidado!! ¿Qué demonios te pasa?
– Es mi mujer, se ha ido y voy tras ella -dijo azorado Sergio sin siquiera ayudar a incorporarse al agente.
– Tranquilo hombre, las mujeres son así y más en estos estados -le dijo con sorna mientras intentaba agarrarle para que se quedara.
– ¡¡Déjame, no entiendes nada!!
Aquella bola de grasa medio calva y con sus sudores cayendo sobre su traje verdoso, lo asió de la manga de su camisa y le advirtió que si se iba perdería toda oportunidad de triunfar, dejaría a todos sus invitados y posibles jefes por una simple mujer. Sin dejar de terminar su frase amenazadora Sergio recordaba con una sonrisa el puñetazo que le asestó en toda la mandíbula y como se desplomó a plomo contra una mesilla de cristal con bordes negros que rompió en el acto con su extremado peso.
Cuando salió al galope hacía la salida de su chalet, cuya entrada de tejas rojizas parecían sujetar el balcón del exterior, divisó lo imposible. Asomado a él, la joven pelirroja semidesnuda le sonreía con los ojos parejos al color de su cabello y mientras en la letanía veía como su mujer huía en su monovolumen, la risa gutural de aquella mujer cicatrizó cualquier salida de aire de sus pulmones y creyó que se ahogaba.
– ¡¡Corre tras tu destino, tarde o temprano serás suyo!! ¡¡Ja, ja, ja, ja, ja!!
Y como si de una corriente bengala se tratara, la joven se fue consumiendo en la noche lunática entre unas carcajadas hediondas y lúgubres que hicieron que él volviera a caer ya en el asfalto de aquella urbanización rodeada del verde natural de Cantabria. ¿Qué era aquello? ¿Quién consumió su pasión hasta perder la razón? ¿Un demonio, un fantasma?
CONTINUARÁ…
Oscar Lamela (@gadimet)